El apego y la autoestima: ¿qué son y cómo se trabajan en psicoterapia?

El apego y la autoestima

La creación de los primeros vínculos emocionales con las principales figuras de apego, padres o cuidadores, que sustentarán la sensación de protección y cuidado del niño al nacer y durante su desarrollo, son fuentes fundamentales para la construcción de una buena valoración personal, así como pilares fundamentales de futuras relaciones afectivas y unas buenas habilidades sociales. Por esto el conocimiento del tipo de apego desarrollado en la infancia en fundamental en psicoterapia.

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El apego y la autoestima en psicoterapia

Gracias a la Teoría del Apego de Bowlby, sabemos hoy hasta que punto es necesario establecer vínculos afectivos de seguridad y cuidado desde el nacimiento de los hijos, para que estos crezcan desde la confianza y optimismo necesarios para su futuro bienestar.

Bowlby describe el apego como un mecanismo afectivo, a través del cual se dan una serie de conductas de protección y cuidado, cuya función es la supervivencia de la especie.

Funciones secundarias, pero no por ello menos importantes, son facilitar la exploración del entorno para el aprendizaje y el desarrollo social y emocional.

Tipos de apego

En un estudio realizado en 1978, dirigido por Mary Ainsworth, en el que se observaba el comportamiento del niño cuando la madre estaba presente junto a una persona extraña, abandonaba la sala, quedando el niño con el extraño y volvía tiempo después, se definieron los tipos de apego, en función de las reacciones de los niños en estos tres momentos.

  • Apego seguro: el niño explora el entorno con cierta tranquilidad y seguridad. Cuando la madre abandona el recinto muestra ansiedad y angustia recuperándose cuando esta vuelve y buscando el contacto físico.
  • Apego ansioso-ambivalente: explora el entorno con reservas, sin perder de vista a la madre ni alejarse demasiado. Cuando ésta sale de la sala la reacción de angustia es intensa y no cede cuando esta vuelve, expresando enfado e incluso en ocasiones rechazo, en un primer momento.
  • Apego evitativo: muestra desinterés hacia la madre, excesiva independencia incluso cuando ésta abandona el recinto,sin mostrar demasiada angustia. Con su regreso sigue impasible y no la busca, manteniendo distancia y desapego. Poca confianza en la figura de apego.

En posteriores estudios se observó un cuarto tipo de apego denominado desordenado, en el que el niño muestra una reacción de bloqueo, con respuestas desorganizadas y extrañas, incluso cuando la madre vuelve a entrar en la sala.

Sabemos hoy hasta que punto es clave establecer vínculos fuertes y de seguridad durante la infancia. En terapia muchas de las dificultades y sufrimientos de las personas que acuden a consulta, vienen de estos primeros aprendizajes. Es por esto que la Teoría del Apego está más vigente y presente entre los profesionales de la psicología que nunca, al dar respuesta a muchas de las dificultades de relación social y de pareja con las que nos encontramos.

Un apego ansioso-ambivalente puede dar lugar a una baja autoestima y baja confianza en los demás, puede generar relaciones de dependencia en un futuro así como inseguridad y pocas habilidades sociales.

El apego evitativo podrá manifestarse en miedo al compromiso y a la intimidad, desconfianza en los otros y desinterés por las relaciones sociales. Por todo esto es fundamental que las principales figuras de apego generen sensación de seguridad en los primeros años de infancia. La congruencia en los mensajes, el refuerzo positivo y que el castigo nunca sea desproporcionado o demasiado largo, junto al contacto físico y las expresiones de afecto, son claves para que se dé un apego seguro.

La oxitocina y el vínculo amoroso

Es interesante saber, que esta hormona se segrega cuando el vínculo afectivo es positivo. Si en mi relación con determinadas personas me siento a gusto, mi hipófisis liberará oxitocina al torrente sanguíneo. Esta hormona está relacionada con la memoria y el aprendizaje,  modula las relaciones sociales, favorece la  empatía, ayuda a bajar los niveles de ansiedad y disminuye el miedo a la vez que aumenta la confianza.

En los últimos meses del embarazo, ante el aumento de estrógenos y progesterona, los niveles de oxitocina se multiplican a la vez que se dan nuevos receptores específicos en las mamas y en el útero, para la preparación al parto y la lactancia.

La liberación de la oxitocina responde especialmente bien a las caricias y expresiones de afecto, por lo que acunar y acariciar al recién nacido, expresando calma y tranquilidad, respondiendo a sus necesidades sin miedo ni impaciencia, a la vez que se siente cuidado y atendido fomentarán un vínculo afectivo fuerte y seguro.

Esta hormona, conocida también como “la hormona del amor”, será imprescindible también en las futuras relaciones. En la relación de pareja por ejemplo, es fundamental para mantener el vínculo amoroso. De ahí la importancia de las caricias y el piel a piel, así como una vida sexual satisfactoria, para que la pareja perdure. Si mi pareja o amigos me hacen sentirme bien y yo a ellos, se reforzará el vínculo, gracias entre otras cosas a la sensación placentera que provoca esta hormona genial.

Asociada a la oxitocina, y complementándose se segregan otras hormonas fundamentales para la preparación al parto y la lactancia, como son la prolactina y los estrógenos.

La proláctina estimula las glándulas mamarias además de promover conductas maternales; los estrógenos, como opiáceos naturales, disminuyen la sensación de dolor.

La primera hora después del parto es crucial a la hora de establecer el vínculo materno. Hoy sabemos, que el mayor pico de oxitocina se segrega entre el momento del parto y la expulsión de la placenta, por lo que es crucial para que madre e hijo “se enamoren” que en ese momento de la primera mirada, se les permita entrar en contacto físico, sin distractores ni nerviosismo a su alrededor, aprovechando que el neocórtex de la madre está en un punto de descanso y ensoñación que favorece la vinculación.

Otro momento crucial sobre el estudio del apego, se da en los años 50 con los experimentos llevados a cabo por Harry y Margaret Harlow. En sus ensayos, observaban la conducta de un grupo de crías de mono, colocando en las jaulas una “madre sustituta” cubierta de tela y otra de alambre, pero que tenía un dispensador de leche.

Se observó que las crías preferían estar con la madre de tela, buscando el contacto físico, a las madres que suministraban alimento. Más adelante se observó también una mayor preferencia si estas madres artificiales se mecían y estaban calientes. Este descubrimiento llevó a adquirir conciencia de la importancia de la afectividad en la supervivencia y de la necesidad del contacto físico para el apego.

Nuestra valoración personal, seguridad y autoimagen, así como el modo en cómo establecemos relaciones con los demás, son fruto de las relaciones de apego y vínculos emocionales, más o menos seguros en la infancia y a lo largo de nuestro desarrollo.

Hoy sabemos también, que tomar conciencia de uno mismo, de nuestras inseguridades y miedos, entendiendo de dónde vienen y cómo los mantenemos, para reconducir nuestro modo de relacionarnos con los demás, superando las carencias o faltas que se hayan podido llegar a generar de un primer aprendizaje del vínculo, es posible.

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Bibliografía:

  • “Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida” Jonh Bowlby, 1993. Editorial Paidós
  • “El apego y la pérdida”, Jonh Bowlwy, 1998. Editorial Paidós
  • “¿Por qué amamos?”, Helen E. Fisher, 2004. Editorial Taurus
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