Otros

El deseo sexual inhibido: qué es y por qué ocurre

Es habitual que a lo largo de la relación de pareja haya momentos de menor deseo sexual. Esto no tiene que preocupar demasiado; el día a día con horarios repletos de responsabilidades explican que haya «rachas» de menor deseo. El problema surge cuando la falta de apetencia sexual se mantiene en el tiempo sin que la situación cambie en algún momento, aunque sí lo hagan las circunstancias.

A menudo, tras la falta de deseo en la pareja hay otras causas más profundas, siendo éste la punta del iceberg.

¿Qué es el deseo sexual inhibido?

El deseo sexual inhibido se caracteriza por la falta de apetencia sexual, manifestándose en:

  • Descenso o nada de lubricación, en el caso de la mujer,
  • Dificultad para alcanzar la erección en el hombre,
  • Tensión a la hora de mantener la relación sexual y
  • Ausencia de fantasías eróticas.

Este estado mantenido en el tiempo, dentro de la relación de pareja, puede derivar en sentimientos de culpa, distanciamiento afectivo y problemas de comunicación. Llegados a este punto siempre es conveniente consultar con un sexólogo especializado, antes de que la ansiedad generada dentro de la relación de pareja vaya a más.

A menudo hay otras causas detrás del deseo sexual inhibido, siendo éste la punta del iceberg; incomunicación, alguna “deuda histórica” o enfado soterrado no sacado a la luz, problemas con la familia política, discusiones constantes o alguna inseguridad o complejo físico o personal, son algunas de las posibles causas de la falta de deseo. Para profundizar más en este tema, consulta nuestro artículo Sexologia: el deseo sexual inhibido en terapia de pareja y terapia sexual

¿Qué es la Ira y por qué puede ser muy perjudicial?

La ira es una emoción intensa que aparece de manera brusca ante una situación frustrante.

¿Qué es la ira?

Es un enfado de gran intensidad que tiene un sentido de autodefensa desatando el mecanismo de supervivencia ante un peligro de amenaza cuya misión es el ataque. Es una respuesta natural y adaptativa ante una amenaza.

  • Tiene varios grados de intensidad y se manifiesta con componentes fisiológicos (tensión muscular, aceleración del ritmo cardíaco, expresiones faciales…etc.) que predisponen a la agresión.
    Padecer un episodio de ira no es preocupante ni es destructivo, pero cuando se muestra fuera de control y aparece de manera frecuente puede provocar problemas en nuestro entorno familiar, laboral, y en las relaciones con los demás.
  • Ciertas situaciones incómodas hacen que se reaccione con ira en momentos concretos, por ejemplo ante una situación que nos resulta injusta, en una discusión con nuestro jefe, cuando conducimos y no nos ceden el paso en la carretera.
  • Tener momentos de ira de manera esporádica tiene, como hemos visto una razón de ser, pero ¿qué pasa cuando tenemos episodios recurrentes de ira ante situaciones frustrantes? A largo plazo convivir en un ambiente de irritabilidad genera descontento y afecta a nuestra relación con los otros, generando un clima de ansiedad, inseguridad e incluso depresión.
  • Las personas propensas a la ira suelen ser demandantes o exigentes, tienen baja tolerancia a la frustración y no aceptan que las cosas se realicen de otra manera diferente a la que ellas consideran. A ello se suma que la ira se aprende. En ambientes familiares donde el grito, el enfado, la falta de respeto y el exceso de autoridad se hacen patentes, provoca en los niños un aprendizaje por modelado o imitación; se aprende a comunicarse de manera errónea.

Consecuencias de la ira

Vivir en un constante estado de alerta defensivo puede traer consecuencias a medio y largo plazo, así que hay que buscar motivaciones para cambiar porque

    • Deteriora las relaciones interpersonales. Los que viven en ambientes irascibles pueden sentir temor, intimidación y baja autoestima. Los que la sufren pueden sentirse rechazados o no queridos.
    • Deteriora al que la sufre. Cuando la intensidad de la emoción baja, puede que se sientan culpables y avergonzados por sus actos.
    • Perjudica nuestra salud física y mental (altos niveles de tensión muscular y recurrentes pensamientos negativos)

Cuando se convierte en un problema

Es interesante prestar atención a nuestros enfados para intentar ver si éstos son ajustados realmente a la situación vivida.
Los ataques de ira son en general un problema cuando afectan a nuestras relaciones sociales y cuando producen un malestar excesivo. Más concretamente cuando

    • Duran mucho tiempo y se prolongan en una rumia que no deja bajar la intensidad
    • Son muy frecuentes o recurrentes
    • Se materializan en agresiones a los demás tanto físicas como verbales
    • Aparecen en momentos poco adecuados y la persona cree que no lo va a poder evitar

La ira se relaciona estrechamente con la impulsividad y el bajo autocontrol; en muchas ocasiones es un síntoma de depresión y aparece con mucha frecuencia cuando se ha sufrido un trastorno de estrés postraumático.

Terapia: aprendiendo a gestionar la ira

Como cualquier otro cambio, el control de la ira requiere entrenamiento. Es un proceso en el que hay que estar atento a nuestras emociones y pensamientos, y se puede lograr siguiendo unas pautas. Estas pautas nos darán enseguida resultados. Para ello podemos

  • Buscar ayuda psicológica. El terapeuta nos guiará en todo el proceso a través de técnicas de relajación, habilidades sociales, autoinstrucciones y otras técnicas.
  • Pedir ayuda a otros. Las personas cercanas nos pueden dar información de nuestras reacciones y comportamientos irascibles. El punto de vista de la persona que nos aprecia puede ser un detonante importante para el cambio.
  • Escucharnos antes de que la ira nos desborde. La auto observación nos hace estar alerta y puede darnos pistas internas y externas de cómo se activa la ira.

“A la ira y al enfado, darles vado” refranero español

Ante una situación que nos provoca al final el estallido de ira (conducir, hacer una petición a nuestro jefe,…) intentaremos advertir cómo empieza, porque en ese momento es cuando podemos llegar a controlarla. Una vez que llegamos al punto álgido, resulta más difícil.

¿En qué tenemos que fijar nuestra atención?

  • En las señales físicas que nos lanza nuestro cuerpo (agitación, aumento de pulsaciones, respiración acelerada, tensión muscular)
  • En indicios emocionales (inseguridad, celos, culpa, miedo, injusticia…)
  • En nuestros pensamientos (qué nos estamos diciendo que hace aumentar y acrecentar el enfado)
  • En nuestros actos (elevamos el tono de voz, gesticulamos rápidamente, usamos el sarcasmo…)

Si nos damos cuenta de las señales que envía nuestro cuerpo y nuestra mente, podemos intentar realizar una serie de ejercicios que nos ayuden a bajar la intensidad de la emoción. Por ejemplo,

  • Cierre los ojos y cuente hasta diez
  • Acompañe con una respiración profunda y consciente
  • Desdramatice la situación con otros pensamientos: ”me estoy alterando por algo que realmente no es tan importante”
  • No generalice, concrete la situación para evitar etiquetas.
  • Manténgase alerta a lo que le sucede físicamente y nómbrelo mentalmente: “se me está acelerando el pulso; se me están tensando los músculos de la cara o del cuello; me estoy acalorando…”
  • Relativice la situación e intente ridiculizarla mediante el humor

Si consigue bajar la intensidad de la emoción, celébrelo: “no ha sido tan difícil, la cosa ha funcionado” Parar un proceso de ira aumentará nuestra autoestima y nos hará sentir mejor.

Si logra controlar la ira al principio, ante los primeros síntomas, con frecuencia ésta desaparecerá. Es habitual que al principio no nos resulte tan fácil, pero no se abrume, valore el haberlo intentando: “la próxima vez lo voy a conseguir” El tomar conciencia de nuestros pensamientos es de por sí terapéutico.

Cómo gestionar una situación de ira

Si vive una situación de enfado desproporcionado con una persona de su entorno (un hijo, un familiar, su pareja…) procure mantener la calma. Mantenga una postura empática o amable y evite enredarse en el problema.

Es importante mantener la escucha y que la persona enfadada sea consciente de ello, que tomamos en serio lo que le sucede.
Si la situación ya se ha desbordado, es inútil razonar, trate de comprender al otro aunque no comparta su punto de vista. A veces dejar a la otra persona un momento a solas, puede ayudar a bajar la intensidad del enfado (“cuando te tranquilices, vuelvo y hablamos de lo que ha pasado”).

Intente hacer que el otro vea la situación desde un punto de vista trivial, mediante el humor y el afecto.
Una vez ha bajado el nivel de ira, puede tratar de hablar con la otra persona para que comprenda la situación y la respuesta desproporcionada, haciéndole entender que le comprende y mostrándole otra vía más ajustada.

Ir arriba