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deseo sexual inhibido

El deseo sexual inhibido: qué es y por qué ocurre

Es habitual que a lo largo de la relación de pareja haya momentos de menor deseo sexual. Esto no tiene que preocupar demasiado; el día a día con horarios repletos de responsabilidades explican que haya «rachas» de menor deseo. El problema surge cuando la falta de apetencia sexual se mantiene en el tiempo sin que la situación cambie en algún momento, aunque sí lo hagan las circunstancias.

A menudo, tras la falta de deseo en la pareja hay otras causas más profundas, siendo éste la punta del iceberg.

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¿Qué es el deseo sexual inhibido?

El deseo sexual inhibido se caracteriza por la falta de apetencia sexual, manifestándose en:

  • Descenso o nada de lubricación, en el caso de la mujer,
  • Dificultad para alcanzar la erección en el hombre,
  • Tensión a la hora de mantener la relación sexual y
  • Ausencia de fantasías eróticas.

Este estado mantenido en el tiempo, dentro de la relación de pareja, puede derivar en sentimientos de culpa, distanciamiento afectivo y problemas de comunicación. Llegados a este punto siempre es conveniente consultar con un sexólogo especializado, antes de que la ansiedad generada dentro de la relación de pareja vaya a más.

A menudo hay otras causas detrás del deseo sexual inhibido, siendo éste la punta del iceberg; incomunicación, alguna “deuda histórica” o enfado soterrado no sacado a la luz, problemas con la familia política, discusiones constantes o alguna inseguridad o complejo físico o personal, son algunas de las posibles causas de la falta de deseo. Para profundizar más en este tema, consulta nuestro artículo Sexologia: el deseo sexual inhibido en terapia de pareja y terapia sexual

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Que es la ansiedad

La Ansiedad y sus síntomas

La ansiedad es una reacción normal en el ser humano, siempre que ésta sea proporcionada al estímulo que la desencadena. Sentiremos ansiedad antes de un examen, en una entrevista de trabajo o ante una situación objetivamente tensa. Por lo general la ansiedad es una respuesta adaptativa.

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Qué es la Ansiedad

 

Unos niveles bajos de ansiedad pueden ser óptimos para nuestra vida cotidiana, de este modo, acordarnos de mirar a un lado y a otro antes de cruzar la calle, hasta coger un paño antes de tocar la cacerola que está en el fuego, son buenos ejemplos de como la ansiedad influye sobre nuestra conducta de forma positiva.

La ansiedad, entendida como proporcionada con respecto a la exigencia u obstáculo a afrontar, ayuda incluso a aumentar el rendimiento. La ley de Yertes-Dobson (1908), describe la relación existente entre ansiedad y rendimiento: ante un determinado problema o situación estresante como presentarse a un examen, la ansiedad aumenta, pero también la eficacia, atención y rendimiento en la respuesta, siempre que no se pase de unos límites, que no harán sino bajar nuestra atención y bloquear los procesos de recuperación de la información.

En cambio, cuando aparece de forma injustificada, sin razón aparente o ante estímulos o situaciones que no suponen una amenaza real, hasta el punto de interferir en nuestra vida diaria, se habla de una ansiedad des-adaptativa.

 

Esta ansiedad desproporcionada da lugar a las distintas manifestaciones o cuadros de ansiedad, como son:

  • Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG)
  • Crisis de Ansiedad
  • Crisis de pánico
  • Agorafobia

Tratamiento y terapia

 

El psicólogo es consciente de la repercusión que los síntomas de ansiedad tienen sobre las personas que acuden a su consulta y de cómo ésta llega a alterar su día a día. La sensación de indefensión y falta de control sobre la aparición de las crisis de ansiedad puede llegar a generar bajos estados de ánimo, si esta se mantiene en el tiempo.

En la actualidad, el tratamiento de la ansiedad desde la psicología cognitivo-conductual, está dando resultados muy positivos, mediante la exposición progresiva al estímulo que genera la alerta y el desarrollo de habilidades de afrontamiento y des-aprendizaje de la ansiedad, aplicando en la terapia técnicas desarrolladas durante años a lo largo de la investigación en psicología.

Estas técnicas llegan a aprenderse, de manera que la persona con ansiedad puede utilizarlas en su vida cotidiana, recuperando la sensación de control sobre su cuerpo y estado y consiguiendo remitir la ansiedad y sus crisis.

Diferencias entre crisis de ansiedad y crisis de pánico

 

Crisis de ansiedad

Se caracteriza por la aparición progresiva y en aumento de los síntomas físicos de la ansiedad, como taquicardia, hiperventilación, sensación de ahogo, dilatación de las pupilas, sequedad de boca, rigidez muscular, temblores, escalofríos, etc. Suelen seguir a pensamientos preocupantes para la persona, e incluso al pensar en la propia ansiedad y sus síntomas, antecediendo el malestar hasta acabar generándolo. A diferencia de la crisis de pánico los síntomas aparecen más lentamente y no suelen ir acompañados de miedo a morir.

Crisis de pánico

Se caracteriza por la aparición de los síntomas de la ansiedad, en pocos segundos y sin encontrar un motivo aparente que lo justifique. La intensidad de los síntomas fisiológicos como la taquicardia, hiper-ventilación, sensación de ahogo, tensión muscular, etc., es tan intensa, que la persona puede llegar a pensar que esta sufriendo un ataque al corazón o que corre peligro de morir.

La reacción más frecuente es la de acudir a urgencias, donde se le diagnosticará ansiedad y se le medicará con ansiolíticos. La persona al no entender qué le esta pasando y sentirse incomprendida, puede empezar a desconfiar de los médicos y a temer cualquier enfermedad, desarrollando una hipocondría que no hace sino mantener la ansiedad y aumentar las crisis de pánico.

Síntomas de la ansiedad

A continuación hacemos un repaso de los diferentes tipos de síntomas de la ansiedad, con la idea de reconocerla más fácilmente.

Cognitivos

 

La ansiedad cognitiva se caracteriza por un estado de preocupación constante que se manifiesta con pensamientos negativos y/o catastrofistas. Estos pensamientos aparecen de manera recurrente e intrusiva, generando una sensación de angustia y malestar junto con la disminución de las capacidades de atención y concentración. Suelen ser pensamientos de anticipación al futuro, que aparecen ante la preocupación de una posible amenaza, miedos, miedo al fracaso o posibilidad de sufrimiento.

Físicos

 

Los síntomas físicos más habituales son manifestaciones como la taquicardia, sudoración, temblores, hiperventilación, tensión muscular, dilatación de pupilas, tensión en el estómago, presión en el pecho, etc. A esto se une la valoración subjetiva de estos síntomas, de miedo a su posible aparición, lo que lleva a respuestas de evitación de lo que la persona juzga como disparadores de los síntomas físicos.

Sobre la autoestima

 

La autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos. El ser humano se percibe a nivel sensorial; piensa sobre sí mismo y sobre sus comportamientos; se evalúa y los evalúa; siente, en consecuencia, emociones relacionadas consigo mismo. Todo ello evoca tendencias de actuación acordes con sus percepciones pensamientos, evaluaciones y sentimientos. Cuando la ansiedad genera la sensación de indefensión y de no control sobre sus sensaciones físicas y su comportamiento, la autoestima puede verse seriamente dañada, llevando a la persona que la padece a evitar relaciones sociales, salir a la calle, etc.

El tratamiento de la ansiedad mediante las técnicas cognitivo-conductuales ha demostrado ser eficaz en la mayor parte de los casos, reduciéndose los síntomas progresivamente hasta su desaparición. Otros síntomas físicos de la crisis de pánico son: sudoración, temblores, náuseas, mareos, miedo a perder el control, miedo a la locura y desorientación. Las terapias humanistas ayudan a resolver los factores emocionales, muchas veces origen y clave de la aparición de la ansiedad, por lo que un tratamiento ecléctico es siempre recomendable.

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ira

¿Qué es la Ira y por qué puede ser muy perjudicial?

La ira es una emoción intensa que aparece de manera brusca ante una situación frustrante.

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¿Qué es la ira?

Es un enfado de gran intensidad que tiene un sentido de autodefensa desatando el mecanismo de supervivencia ante un peligro de amenaza cuya misión es el ataque. Es una respuesta natural y adaptativa ante una amenaza.

  • Tiene varios grados de intensidad y se manifiesta con componentes fisiológicos (tensión muscular, aceleración del ritmo cardíaco, expresiones faciales…etc.) que predisponen a la agresión.
    Padecer un episodio de ira no es preocupante ni es destructivo, pero cuando se muestra fuera de control y aparece de manera frecuente puede provocar problemas en nuestro entorno familiar, laboral, y en las relaciones con los demás.
  • Ciertas situaciones incómodas hacen que se reaccione con ira en momentos concretos, por ejemplo ante una situación que nos resulta injusta, en una discusión con nuestro jefe, cuando conducimos y no nos ceden el paso en la carretera.
  • Tener momentos de ira de manera esporádica tiene, como hemos visto una razón de ser, pero ¿qué pasa cuando tenemos episodios recurrentes de ira ante situaciones frustrantes? A largo plazo convivir en un ambiente de irritabilidad genera descontento y afecta a nuestra relación con los otros, generando un clima de ansiedad, inseguridad e incluso depresión.
  • Las personas propensas a la ira suelen ser demandantes o exigentes, tienen baja tolerancia a la frustración y no aceptan que las cosas se realicen de otra manera diferente a la que ellas consideran. A ello se suma que la ira se aprende. En ambientes familiares donde el grito, el enfado, la falta de respeto y el exceso de autoridad se hacen patentes, provoca en los niños un aprendizaje por modelado o imitación; se aprende a comunicarse de manera errónea.

Consecuencias de la ira

Vivir en un constante estado de alerta defensivo puede traer consecuencias a medio y largo plazo, así que hay que buscar motivaciones para cambiar porque

    • Deteriora las relaciones interpersonales. Los que viven en ambientes irascibles pueden sentir temor, intimidación y baja autoestima. Los que la sufren pueden sentirse rechazados o no queridos.
    • Deteriora al que la sufre. Cuando la intensidad de la emoción baja, puede que se sientan culpables y avergonzados por sus actos.
    • Perjudica nuestra salud física y mental (altos niveles de tensión muscular y recurrentes pensamientos negativos)

Cuando se convierte en un problema

Es interesante prestar atención a nuestros enfados para intentar ver si éstos son ajustados realmente a la situación vivida.

Los ataques de ira son en general un problema cuando afectan a nuestras relaciones sociales y cuando producen un malestar excesivo. Más concretamente cuando:

    • Duran mucho tiempo y se prolongan en una rumia que no deja bajar la intensidad
    • Son muy frecuentes o recurrentes
    • Se materializan en agresiones a los demás tanto físicas como verbales
    • Aparecen en momentos poco adecuados y la persona cree que no lo va a poder evitar

La ira se relaciona estrechamente con la impulsividad y el bajo autocontrol; en muchas ocasiones es un síntoma de depresión y aparece con mucha frecuencia cuando se ha sufrido un trastorno de estrés postraumático.

Terapia: aprendiendo a gestionar la ira

Como cualquier otro cambio, el control de la ira requiere entrenamiento. Es un proceso en el que hay que estar atento a nuestras emociones y pensamientos, y se puede lograr siguiendo unas pautas. Estas pautas nos darán enseguida resultados. Para ello podemos

  • Buscar ayuda psicológica. El terapeuta nos guiará en todo el proceso a través de técnicas de relajación, habilidades sociales, autoinstrucciones y otras técnicas.
  • Pedir ayuda a otros. Las personas cercanas nos pueden dar información de nuestras reacciones y comportamientos irascibles. El punto de vista de la persona que nos aprecia puede ser un detonante importante para el cambio.
  • Escucharnos antes de que la ira nos desborde. La auto observación nos hace estar alerta y puede darnos pistas internas y externas de cómo se activa la ira.

“A la ira y al enfado, darles vado” refranero español

Ante una situación que nos provoca al final el estallido de ira (conducir, hacer una petición a nuestro jefe,…) intentaremos advertir cómo empieza, porque en ese momento es cuando podemos llegar a controlarla. Una vez que llegamos al punto álgido, resulta más difícil.

¿En qué tenemos que fijar nuestra atención?

  • En las señales físicas que nos lanza nuestro cuerpo (agitación, aumento de pulsaciones, respiración acelerada, tensión muscular)
  • En indicios emocionales (inseguridad, celos, culpa, miedo, injusticia…)
  • En nuestros pensamientos (qué nos estamos diciendo que hace aumentar y acrecentar el enfado)
  • En nuestros actos (elevamos el tono de voz, gesticulamos rápidamente, usamos el sarcasmo…)

Si nos damos cuenta de las señales que envía nuestro cuerpo y nuestra mente, podemos intentar realizar una serie de ejercicios que nos ayuden a bajar la intensidad de la emoción. Por ejemplo,

  • Cierre los ojos y cuente hasta diez
  • Acompañe con una respiración profunda y consciente
  • Desdramatice la situación con otros pensamientos: ”me estoy alterando por algo que realmente no es tan importante”
  • No generalice, concrete la situación para evitar etiquetas.
  • Manténgase alerta a lo que le sucede físicamente y nómbrelo mentalmente: “se me está acelerando el pulso; se me están tensando los músculos de la cara o del cuello; me estoy acalorando…”
  • Relativice la situación e intente ridiculizarla mediante el humor

Si consigue bajar la intensidad de la emoción, celébrelo: “no ha sido tan difícil, la cosa ha funcionado” Parar un proceso de ira aumentará nuestra autoestima y nos hará sentir mejor.

Si logra controlar la ira al principio, ante los primeros síntomas, con frecuencia ésta desaparecerá. Es habitual que al principio no nos resulte tan fácil, pero no se abrume, valore el haberlo intentando: “la próxima vez lo voy a conseguir” El tomar conciencia de nuestros pensamientos es de por sí terapéutico.

Cómo gestionar una situación de ira

Si vive una situación de enfado desproporcionado con una persona de su entorno (un hijo, un familiar, su pareja…) procure mantener la calma. Mantenga una postura empática o amable y evite enredarse en el problema.

Es importante mantener la escucha y que la persona enfadada sea consciente de ello, que tomamos en serio lo que le sucede.
Si la situación ya se ha desbordado, es inútil razonar, trate de comprender al otro aunque no comparta su punto de vista. A veces dejar a la otra persona un momento a solas, puede ayudar a bajar la intensidad del enfado (“cuando te tranquilices, vuelvo y hablamos de lo que ha pasado”).

Intente hacer que el otro vea la situación desde un punto de vista trivial, mediante el humor y el afecto.

Una vez ha bajado el nivel de ira, puede tratar de hablar con la otra persona para que comprenda la situación y la respuesta desproporcionada, haciéndole entender que le comprende y mostrándole otra vía más ajustada.

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