¿Cómo gestionar las discusiones familiares?

Discusiones Familiares: ¿Cómo gestionarlas correctamente?

¿Cómo gestionar las discusiones familiares? Saber gestionar las discusiones familiares en el hogar es clave para evitar no solo problemas de convivencia, sino también riñas que se pueden llegar a enquistar y permanecer de manera latente en la relación durante años.

En algunos casos será necesaria la ayuda profesional ya sea en terapia familiar o a través de mediación familiar, pero en otros casos más “leves” será suficiente con tener en cuenta una serie de ideas clave para manejar esta clase de conflictos. Aquí encontrarás varios consejos en este sentido.

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Consejos para aprender a gestionar las discusiones familiares

Uno de los principios de la psicoterapia es que cuando se interviene en los problemas del paciente, la pareja o la familia que acude a la consulta del psicólogo, es fundamental ofrecer siempre un trato adaptado a las particularidades de las personas involucradas, de sus deseos, necesidades y expectativas, y de su contexto de vida.

Es por eso, entre otras cosas, que acudir a terapia es la manera más efectiva de abordar complicaciones como las malas dinámicas de discusiones constantes en familia.

Sin embargo, más allá del apoyo psicológico profesional hay algunas ideas clave que pueden servir a modo de consejos generales a la hora de gestionar las discusiones en familia. Veamos cuáles son.

1. Contribuye a respetar los turnos

Incluso algo tan aparente caótico y espontáneo como una discusión familiar puede tener una cierta estructura; y cuando esta es lo suficientemente sólida, ello contribuye a que se resuelva del modo más rápido y provechoso posible.

Por eso, procura evitar a toda costa las interrupciones constantes y, si no eres una de las personas más emocionalmente afectadas por el motivo de la discusión, intenta arbitrar entre el resto de las partes facilitando que mientras alguien hable el resto permanezcan en silencio.

2. No trates las críticas como ataques

Esto se aplica tanto en los casos en los que tú eres la persona que critica a alguien, como en aquellos en los que eres la parte criticada. Recuerda que una cosa es decir algo para contribuir a corregir un patrón de comportamiento, y otra cosa es decir algo para hacer que alguien se sienta mal.

Nadie es perfecto, y todos somos tan propensos a recibir críticas como de detectar nuestros errores y aprender de ellos. Simplemente, aprovecha cuando te ayuden a encontrar aspectos de tu comportamiento que son mejorables y no te tomes a mal las críticas si no tienes motivos para pensar que eran ataques; y cuando te interese señalar a alguien que ha hecho algo de un modo inadecuado, dirige la crítica a sus acciones y no a su identidad (dicho de otro modo, habla de lo que ha hecho, o de cómo es como persona).

3. Buscar soluciones concretas

La discusión no debería ser interpretada como un momento en el que todo se limita a expresarse y a plasmar en palabras lo que nos frustra o nos enfurece. Debería estar orientada a encontrar nuevas acciones que sirvan para prevenir lo que ha dado lugar a la discusión.

4. Identificar el momento en el que hay que dejar de hablar y estar a solas

En algunas situaciones, las emociones son tan intensas que pueden llevar a expresarse de una manera inadecuada o a que transmitamos nuestras ideas y opiniones de una manera demasiado sesgadas por cómo nos sentimos en ese momento. Por eso es bueno tener en mente que algo así puede ocurrir, y que llegados a ese punto, es mejor retirarse rápidamente de la discusión y buscar un lugar en el que calmarse, para volver a abordar el tema en otro momento.

5. No permitir los cambios de tema

Es importante que todas las partes involucradas respeten el principio de abordar el tema de la discusión y nada más que este: los reproches relacionados con discusiones pasadas no deberían permitirse ni ser tomados como maneras legítimas de introducir nuevos temas en el diálogo, a no ser que se pueda argumentar por qué en realidad es el mismo tema del que se habla en el presente. Resulta clave no apartar el foco de la causa de malestar que ha generado la discusión del aquí y ahora.

6. No normalizar las faltas de respeto

Si en algún momento se produce una falta de respeto directa, es fundamental no dejar que esas acciones se normalicen. Es decir, expresar en voz alta que no está bien hablar en esos términos y que es importante que todas las partes sean capaces de defender su dignidad.

7. Encontrar el lugar correcto

Si la discusión ha empezado en un lugar que no se presta a la comunicación en grupo (por ejemplo, un pasillo o un lugar en el que no se cuenta con privacidad) es importante, en la medida de lo posible, desplazarse a otro espacio en el que sea posible hablar sin prisas y sin observadores externos.

8. Procurar que los pequeños de la casa no se vean involucrados

En las discusiones familiares es fácil que haya niños pequeños en casa cuando se discute. Si esto ocurre, es crucial que no se encuentre en la misma habitación, no solo porque dependiendo del grado de hostilidad pueden sufrir mucho por lo ocurrido, sino también porque seguramente estarán interfiriendo en la comunicación entre adultos que tienen varias cosas que decirse.

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Referencias bibliográficas:

Caballo, V. (1983). Manual de entrenamiento y evaluación de las habilidades sociales. Madrid: Siglo XXI.

Rentería, E., Lledias, E., y Luz, A. (2008). Convivencia familiar: una lectura aproximativa desde elementos de la psicología social. Diversitas: perspectivas en psicología, 4(2): 427-441.

Reid, M.; Hammersley, R. (2000). Communicating Successfully in Groups. Hove: Psychology Press.

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