¿Existen realmente las “personas tóxicas”?

¿Existen realmente las "personas tóxicas"?

En el año 2010, el psicólogo Bernardo Stamateas publicó un libro que en poco tiempo se convirtió en un superventas: “Gente Tóxica”. En esta obra se ofrecen algunos consejos para mantenernos lo más alejados posibles de las “personas problemáticas” que pueblan nuestras vidas, poniendo por delante nuestra salud emocional.

Sin embargo, el concepto de las personas tóxicas no ha estado exento de polémica. No en vano hace ya décadas que se critica el uso de etiquetas descriptivas para resumir la manera de ser de los individuos en unas pocas palabras, algo asociado a situaciones de estigmatización que se pueden ver, sobre todo, en el ámbito de la salud mental y los contextos de la psiquiatría y de la psicología clínica.

Así pues… ¿existen realmente las personas tóxicas, o este término es tan solo una simplificación llevada al extremo? A lo largo de las próximas líneas reflexionaremos sobre este tema.

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¿Existen de verdad las personas tóxicas?

Empecemos por la pregunta más importante: ¿qué entendemos por “persona tóxica”? En el libro de Stamateas, el autor no dedica demasiado espacio a definir el término, algo relativamente comprensible si tenemos en cuenta que se trata de una obra dirigida al público en general. En su obra se desprende la idea de que alguien tóxico es un individuo que, al interactuar con nosotros, nos genera emocionalidad negativa directa o indirectamente, es decir, ya sea al entrar en contacto con sus ideas o al interactuar con el entorno estando nosotros cerca. Así, ejemplos de personas tóxicas serían quienes tienen tendencia al mal genio, al carácter autoritario, quienes se quejan mucho, etc.

El problema de esta concepción tan abierta de lo que es una persona tóxica es que en ella puede entrar prácticamente cualquier ser humano. Es más, incluso puede depender del contexto cultural en el que estemos. Por ejemplo, en una sociedad ultrarreligiosa, un ateo puede ser considerado una persona tóxica, ya que cuestiona creencias que son muy importantes para los demás, y eso hace que por el simple hecho de emitir sus opiniones acerca de la existencia de una divinidad, mucha gente a su alrededor se sienta mal.

Sin embargo, no tenemos porqué quedarnos con la definición abierta de personas tóxicas que usa Stamateas. Demos por supuesto que hay determinados grupos de personas que, a la práctica, tienen más probabilidades de hacer que los demás se sientan mal cuando andan cerca. En casos así… ¿se puede decir que existen las personas tóxicas?

 

La importancia del contexto

Las relaciones personales son siempre fenómenos contextuales, es decir, que están ligados a un momento y a un lugar determinados. Por ejemplo, las personas más extrovertidas pueden actuar de una manera típica de las personas tímidas si se dan las circunstancias adecuadas, y viceversa. Del mismo modo, las personas que normalmente nos hacen sentir mal voluntaria o involuntariamente, no lo hacen porque esa clase de conductas refleje su esencia, sino por una serie de elementos contextuales que están más allá de su individualidad.

Así, por ejemplo, alguien que esté sufriendo una mala situación familiar en su casa probablemente sea más propenso a mostrarse irritable y a tener mal humor en su día a día, y eso no implica que sea una persona tóxica. Alguien que haya sufrido bullying puede estar a la defensiva aparentemente sin motivo ante personas que acaba de conocer, y eso no significa que tenga ganas de generar hostilidad porque esa es su personalidad.

Toda interacción está explicada no solo por las características individuales de las personas, sino también por el lugar en el que se produce esa toma de contacto, y todo lo que ha sucedido antes. En definitiva, las consecuencias positivas o negativas de relacionarnos con alguien son el producto de un fenómeno dinámico, que no se detiene en ningún momento, y no de esencias que las personas llevan consigo.

En ese sentido, el concepto de “persona tóxica” es engañoso, porque pretende delimitar algo que en realidad no es estático, sino que se basa en el movimiento: los procesos de interacción, de aprendizaje, de creación de expectativas, etc. Es por eso, entre otras cosas, que los psicólogos especializados en psicoterapia no nos limitamos a “etiquetar” a las personas sino que las ayudamos a propiciar cambios en uno u otro sentido, dependiendo de lo que sea aquello que se busca llegar a ser.

 

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Referencias bibliográficas:

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