Nadie puede ayudarte como tú mism@

Nadie puede ayudarte como tu mismo/a.
Esto es lo que a menudo traslado en terapia a mis pacientes y lo creo firmemente. La persona, a medida que se conoce a sí misma, acepta sus limitaciones sin juzgarlas, sencillamente las observa, se hace consciente de ellas y va potenciando sus capacidades o virtudes, de las que también va tomando conciencia. A esto se une el desarrollo de un diálogo interno positivo, fundamental para sentirse bien en su vida.
Desapegarme de la idea que tengo de mí, o que los demás tienen de mí, para aprender a mirarme desde fuera y observar cómo me trato y cómo me hablo, es un ejercicio fundamental para generar un diálogo interno positivo
Este diálogo interno es la manifestación de la relación amistosa que empieza ha establecer consigo mismo/a. El diálogo interno viene dándose de siempre, pero a menudo de manera negativa e incluso destructiva sin que seamos conscientes. Las relaciones afectivas tempranas con la familia, con el grupo de amigos y figuras de autoridad, a menudo construyen un discurso cargado de etiquetas, roles preestablecidos y creencias erróneas o distorsionadas. Desapegarme de la idea que tengo de mí, o que los demás tienen de mi, para aprender a mirarme desde fuera y observar cómo me trato y cómo me hablo, es un ejercicio fundamental para generar un diálogo interno positivo, además de un camino apasionante. Vivimos con la convicción de que las emociones, conocidas como negativas, son malas. La tristeza, el dolor, el enfado, etc, generan terror a quien las padece y creen que sentirlas es sinónimo de estar mal o de depresión. De aquí suele derivar un discurso o diálogo interior tan dañino como desproporcionado: “estás fatal, seguro que te estás deprimiendo porque eres débil y no puedes afrontar nada en la vida”. Este pensamiento genera sentimientos de culpa, rechazo y enfado hacía uno mismo, ansiedad y baja autoestima… ¡Nada menos! Y ha sido tan “fácil” como dos segundos de tiempo al valorar que si llevamos un rato sintiendo tristeza significa que somos débiles y además nos estamos deprimiendo. Esos dos segundos te marcan el día y puede que si se entra en el círculo vicioso de seguir observándonos desde el juicio y el enfado, efectivamente esa tristeza se mantenga y nos deje realmente abatidos.  

EL ANÁLISIS TRANSACCIONAL DE BERNE

  EN 1964, el psicólogo humanista Berne, desarrolló el análisis TRANSACCIONAL de la personalidad, basado en tres estados o modos de comunicación con los demás. Según Berne, en cada uno de nosotros conviven tres formas del yo o tres estados o expresiones del sí mismo: el Padre, el Adulto y El Niño. El cómo nos expresamos en según qué momento, determina nuestras relaciones con los demás y, en mi opinión aún más importante: nuestra relación con nosotros mismos.
  • EL PADRE: Viene del tipo de autoridad que ha predominado en nuestra infancia, que puede ser del tipo rígido o flexible. Se aprenden patrones de conducta y comunicación así como creencias que luego predominarán en nuestro día a día. Si la vertiente de Padre es negativa: aparecerá con juicios de valor, rigidez, enfado y culpabilización. Por ejemplo, si algo me sale mal o cometo un error su mensaje podría ser: “eres un desastre, no haces nada a derechas”. En la relación con los demás puede expresarse con frases como: “no pones atención, deberías estudiar más o todo te saldrá mal”. Vemos que la relación que se establece con uno mismo y/o con los demás es excesivamente tensa, infantilizando y culpando a la otra parte con el abuso de reproches y exceso de debes, tienes y el nunca, jamás, etc. De este modo el Padre bloquea y paraliza con su discurso machacón y abusón, lo que afecta sobre la autoestima irremediablemente. También es habitual que este exceso de reproche derive en una conducta rebelde del niño, que si está demasiado asustado lo hará a escondidillas, de manera pasivo-agresiva: “como haga lo que haga todo está mal, no voy a hacer nada”. Esta “pasividad” es un castigo al Padre pero al fin y al cabo, un boicoteo a uno mismo. Si la vertiente del Padre es positiva: será protector y abastecedor, tratando de animar y generar confianza. Expresiones al otro o a uno mismo del tipo: “¡vamos, tú puedes!”, “no todo sale a la primera y además se aprende de los errores” son típicas expresiones del Padre abastecedor, que actúa de manera más que positiva en nuestra relación con los otros y dentro del diálogo interno, en nuestra relación con nosotros mismos. En ocasiones esta vertiente positiva puede irse al extremo y ser demasiado protector o consentidor, lo que tampoco es positivo al no dejar crecer al niño ni enseñarle a asumir responsabilidades.
 
  • EL ADULTO: El adulto es mesurado, reflexivo y objetivo. Analiza los datos y busca soluciones. Cuando padre y niño mantienen una relación de tensión, bien porque el primero es excesivamente rígido y culpabilizador generando inseguridad en El Niño o provocando su rebeldía, es fundamental su labor de mediador. Debe marcar límites a un padre agresivo o a un niño consentido y protegido por un padre demasiado consentidor. Desarrollar conscientemente al adulto es fundamental en el diálogo interno para conseguir una buena autoestima. En la relación con los demás es la expresión de la asertividad y de la comunicación constructiva y ajustada, generando vínculos positivos.
  • EL NIÑO: El Niño que todos llevamos dentro se expresará en función como decíamos de cómo haya sido nuestra experiencia con la autoridad. Es fundamental su papel en nuestras vidas porque es el origen de la creatividad, expresión, curiosidad, ganas de jugar y aprender y de la espontaneidad. Si ha sido muy reprimido se mostrará inseguro con los demás, excesivamente tímido y asustado. Esto indica que ese padre con el que también convive está siendo demasiado represor y agresivo. En su vertiente negativa, si es un niño consentido puede ser tirano, caprichoso y marca su conducta con los demás y uno mismo con una baja tolerancia a la frustración y buscando el refuerzo a corto plazo.
El equilibrio entre estos tres aspectos o estados de nosotros mismos es por lo tanto crucial para nuestra autoestima. Tomar conciencia de cómo se manifiestan en nosotros nos da la pista para trabajarlo conscientemente y es un viaje apasionante de superación y autoconocimiento. Cuando se produce un diálogo positivo y equilibrado de estas partes, efectivamente llegamos a la conclusión de que nadie puede ayudarnos como nosotros mismos.

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