Nervios en el estómago: ¿Qué son y cómo podemos evitarlos?

Nervios en el estómago: ¿Qué son y cómo podemos evitarlos?

Seguro que has oído la expresión “se me agarran los nervios al estómago” o puede que incluso la hayas usado tú alguna vez. Aunque se trata de una manera coloquial de describirlo, los síntomas gástricos son una de las manifestaciones más frecuentes del estrés y la ansiedad.

Este tipo de sintomatología es especialmente habitual durante la infancia y la adolescencia, y por eso cuando aparecen quejas sobre dolores de tripa que no se sabe muy bien de dónde salen es importante valorar si puede haber una situación ansiógena detrás. No obstante, durante la edad adulta también es posible experimentar este tipo de manifestaciones de la ansiedad y el estrés.

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¿Qué son exactamente los “nervios en el estómago”?

La ansiedad es una respuesta de alerta ante una posible amenaza (ya sea real o ficticia). Este estado de alerta se manifiesta a nivel cognitivo (por ejemplo, con pensamientos de preocupación o anticipación), a nivel emocional (con emociones como la inquietud o la angustia) y a nivel fisiológico (con reacciones que van desde los cambios respiratorios hasta los dolores estomacales que mencionamos aquí).

Cuando nos activamos ante una posible situación amenazante nuestro organismo reacciona preparando una respuesta que puede ser de confrontación o de escape (lo que se conoce como lucha/huída o fight/flight). Si percibimos una situación como desbordante o amenazante, es probable que nuestro cuerpo dirija más recursos a una posible huida (haciendo, por ejemplo que el corazón bombee con mayor rapidez); este estado de alarma altera también los procesos gastrointestinales, y por eso podemos ver modificado nuestro apetito o nuestra digestión.

8 Claves para actuar ante los nervios en el estómago

 Aunque muchas veces estos “nervios en el estómago” se limitan a sensaciones molestas que duran un tiempo limitado, algunas personas llegan a verse verdaderamente incapacitadas por este tipo de síntomas. Por eso vamos a ver de qué manera podemos intentar evitar llegar a este punto.

1. Descartar enfermedades físicas

Lo primero de todo es comprobar si podría existir alguna afección orgánica que esté causando el síntoma. Por ejemplo, las infecciones causadas por la bacteria Helicobacter Pylori pueden producir gastritis y úlceras que provocan dolores de estómago. Detectarlas a tiempo es importante para buscar atención médica lo antes posible.

También puede darse el caso de que existan problemas gástricos propiciados por dificultades relativas al estrés y la ansiedad; lo que comúnmente conocemos como somatización. Hay que tener claro que cuando decimos que un trastorno es somático no quiere decir que sea “imaginario”: simplemente que su origen está en una dificultad psicológica y que, por lo tanto, tendremos que atender tanto la salud física como la salud mental.

2. Identificar los desencadenantes

Cuando las sensaciones estomacales son una manifestación de la ansiedad hemos de pararnos a observar en qué momentos aparecen. Sólo así conseguiremos detectar los posibles disparadores de la ansiedad.

Estas sensaciones desagradables… ¿parecen venir sin previo aviso en cualquier momento? ¿Se dan al llegar a clase o al trabajo? ¿O aparecen cuando nos piden que demos una charla frente a un público? ¿Puede ser que estén apareciendo cuando nos preocupamos por una situación futura? Es probable que existan determinadas situaciones, pensamientos u otros estímulos que desencadenen estos “nervios en el estómago”.

3. Mantener buenos hábitos alimenticios

Tanto si tenemos un problema orgánico como si estamos sufriendo algún tipo de trastorno de ansiedad será necesario buscar apoyo profesional, pero los buenos hábitos siempre pueden ayudar a paliar los síntomas o, al menos, evitar que empeore.

Cuando tenemos rutinas muy estresantes es fácil que comamos a deshora, tomemos comidas rápidas o incluso nos saltemos algunas comidas. O, si tenemos problemas de ansiedad y estos afectan a nuestro apetito es probable que comamos más cantidad o con más prisa… o todo lo contrario, que tengamos la sensación de que se nos “cierra” el estómago. Mantener unos buenos hábitos nutricionales no siempre es fácil, pero desde luego puede ayudar con la sintomatología gástrica.

4. Diferenciar sensaciones

Como decía en el primero de los puntos de la lista, la sensación de “nervios en el estómago” puede ser una señal tanto de problemas de ansiedad como de enfermedad digestiva. Una desventaja a la hora de tratar de identificar la raíz del problema es el hecho de que las sensaciones pueden ser muy diversas: desde cambios en el apetito hasta cólicos intensos, pasando por sensaciones de hormigueo.

Si prestamos atención a la forma y la intensidad de estas sensaciones quizás podamos ir identificando los patrones que siguen y así saber cuándo necesitamos tomar un fármaco o buscar atención médica, y cuándo necesitamos simplemente tomarnos un tiempo y dejarlo estar.

5. Reevaluar las situaciones

Ya hemos visto que tanto las situaciones que vivimos como los pensamientos que tenemos pueden funcionar como disparadores de las sensaciones que acompañan a la ansiedad. Los pensamientos de anticipación y la rumiación (o sea, el “darle vueltas a la cabeza”) pueden actuar como desencadenantes de estados de ansiedad y que, como consecuencia, experimentemos la ya mencionada sensación de tener los “nervios en el estómago”.

Si nos damos cuenta de cuando estamos haciendo una interpretación exagerada de una situación, percibiendo una amenaza donde no la hay, anticipando escenarios catastróficos o dándole mil vueltas a algo que ha ocurrido (por mencionar algunas) podremos identificar mejor los patrones de pensamiento que activan la ansiedad y tratar de hacer evaluaciones más realistas o constructivas de la realidad.

6. Practicar relajación y/o meditación

Existen algunos ejercicios, como la respiración diafragmática o la relajación muscular progresiva, que están específicamente diseñados para reducir los niveles de activación generados por las reacciones de ansiedad.

También hay prácticas de meditación y Mindfulness que, si bien no son exactamente ejercicios de relajación en el sentido estricto, ayudan a poner el foco de atención en diferentes estímulos internos y externos; esto puede ayudar a no retroalimentar nuestras sensaciones de ansiedad en caso de que estemos hipervigilantes ante sensaciones como los nervios en el estómago.

7. Cambiar la situación

La reevaluación cognitiva y los ejercicios de relajación pueden ser de mucha ayuda cuando el nerviosismo y la ansiedad están causados por nuestras estrategias ineficaces de afrontamiento. Sin embargo, hay ocasiones en las que el estrés no se produce por problemas internos sino porque las demandas del entorno son excesivas y las situaciones se nos hacen insostenibles.

En el caso de que nos demos cuenta de que estamos viviendo una situación que supera nuestros recursos (ya sea una relación dañina, un proyecto laboral, etc) de poco servirá que usemos técnicas de gestión del estrés si no actuamos sobre la raíz del problema. A veces es necesario que nos alejemos o cambiemos (cuando está en nuestra mano) aquellos aspectos externos que nos afectan.

8. Buscar ayuda profesional

La sensación persistente de nervios en el estómago puede ir desde una molestia leve y asumible hasta un problema altamente limitante para algunas personas. En los casos en los que vemos que nuestros recursos no son suficientes para aliviar o afrontar estos malestares siempre existe la opción de recurrir al apoyo profesional.

Sólo con una evaluación individualizada y pormenorizada será posible atajar de manera efectiva los problemas que puedan estar afectando y buscar estrategias adecuadas para cada situación particular.

9. La unión entre lo fisiológico y lo psicológico

En ocasiones resulta difícil dilucidad qué elemento es la causa y cuál es la consecuencia. Algunos problemas de ansiedad provocan somatización, mientras que en otras ocasiones son los trastornos físicos los que aparecen primero y derivan en dificultades relacionadas con la ansiedad por el alto nivel de malestar que provocan. Es un típico dilema de “el huevo y la gallina”.

Es por eso importante hacer una buena evaluación para saber qué debemos trabajar primero, con el objetivo de no limitarnos a “poner parches” y simplemente evitar de manera momentánea los síntomas molestos.

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Tanto si sufres algún tipo de somatización a causa de problemas con el estrés y la ansiedad como si es una enfermedad orgánica la que está causándote malestar psicológico, existen estrategias para afrontarlo por medio del trabajo en terapia.

El equipo de profesionales de Avance Psicólogos cuenta con especialistas de diferentes ámbitos para poder ajustarse a tus necesidades. Puedes llamarnos o escribirnos para informarte de nuestras sesiones presenciales o a distancia.

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Referencias bibliográficas

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Sackl-Pammer, P., Özlü-Erkilik, Z., Jahn, R., Karwautz, A., Pollak, E., Ohmann, S. y Akkaya-Kalayci, T. (2018). Somatische Beschwerden bei Kindern und Jugendlichen mit sozialer Angststörung. Neuropsychiatrie 32, 187-195.

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Andrea Martínez
Andrea Martínez
Andrea Martínez es licenciada en Psicología por la Universidad de Deusto. Posee un Máster en Psicología Clínica Basada en la Evidencia por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Salud Sexual y Psicología Clínica por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Especialista en Terapias Contextuales (ACT, FAP y técnicas Mindfulness) por el Madrid Institute of Contextual Psychology. También se ha formado en Psicología Afirmativa en Diversidad Sexual y de Género por el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Desde 2019 forma parte del equipo de Avance Psicólogos ofreciendo terapia psicológica, sexológica y de pareja con perspectiva de género. Además, ejerce como divulgadora y formadora en varias plataformas relacionadas con la Educación Sexual.
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