¿Qué es el hambre emocional y qué problemas pueden surgir a partir de él?

Laura Palomares

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Hambre emocional
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El hambre emocional es un concepto del que se suele hablar como si fuese algo relacionado con los problemas al seguir una dieta. Sin embargo, su importancia va más allá del ámbito de la alimentación.

En este artículo veremos a qué se debe esto y por qué el hambre emocional es un fenómeno que todo el mundo debería saber detectar para evitar que se transforme en un problema.

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¿Qué entendemos por hambre emocional en psicología?

Tal y como ocurre muchas veces con los fenómenos estudiados por la psicología, podemos hacer que la definición del término “hambre emocional” sea muy simple o bastante compleja (teniendo en cuenta que hay muchas variables que intervienen en su aparición). Empecemos con la versión más sencilla: el hambre emocional es una reacción ante ciertas emociones que está basada en comer.

Con esta breve explicación ya tenemos varias de las ideas clave que están detrás del tema de este artículo. Una de las implicaciones de que el hambre emocional sea una respuesta ante emociones es que el acto de comer al que da lugar no tiene como causa el hambre de verdad. El hambre no es en sí una emoción, sino que forma parte de los procesos fisiológicos, una serie de mecanismos básicos para el correcto funcionamiento del cuerpo que están muy lejos del pensamiento abstracto o semi-abstracto que va de la mano de las emociones. Así pues, cuando se come por hambre emocional no se está realizando una actividad vinculada a la nutrición y a las necesidades metabólicas del organismo, sino que se está intentando gestionar emociones.

Ahora bien… ¿Qué tipo de estados emocionales pueden dar lugar al hambre emocional? En principio, prácticamente todos, tanto aquellos que nos hacen sentir bien como aquellos que van asociados al sufrimiento. Por ejemplo, hay quien se acostumbra a potenciar la alegría que experimenta al alcanzar un objetivo utilizando para ello “snacks” ricos en azúcar. Sin embargo, a la práctica, cuando hablamos de hambre emocional es probable que nos estemos refiriendo a sus versiones más problemáticas, que suelen tener que ver con la necesidad de “tapar” emociones negativas o buscar un alivio ante estas.

Así pues, partiendo de una definición un poco más sofisticada de lo que es el hambre emocional, podríamos decir que se trata de un patrón de conducta por el que se asocia el acto de comer a la experimentación de un estado emocional, como manera inconsciente o semi-inconsciente de gestionarla. Tal y como vemos, no es un “estado psicológico”, sino más bien una pauta de comportamiento que normalmente aprendemos sin darnos cuenta y que también podemos desaprender si nos da problemas. Lo cual nos lleva al siguiente apartado.

¿Qué problemas pueden surgir debido al hambre emocional?

Como seres humanos, nos caracterizamos por ser capaces de aprender a lidiar con nuestras necesidades aplicando soluciones creativas para cada caso particular. Eso hace que, por ejemplo, seamos capaces de llegar a una misma solución a través de procedimientos casi infinitos, gracias a nuestro potencial de aprendizaje.

Sin embargo, esto también tiene su lado negativo. Dado que somos tan creativos y flexibles psicológicamente, muchas veces interiorizamos aprendizajes sin darnos cuenta de ello. Y muchas veces esto no resulta un problema, e incluso es práctico para afrontar problemas nuevos sin perder demasiado tiempo.

Lo malo viene cuando estos aprendizajes inconscientes no nos dejan darnos cuenta de que los patrones de comportamiento que realizamos una y otra vez resultan efectivos a corto plazo, pero a medio y largo plazo van generando un problema que cada vez se hace más grande. El hambre emocional es un ejemplo de ello, y es por ello que muchas veces debe ser intervenida en terapia: a fuerza de ir consolidando una especie de ritual, a veces nos ancla a un sentimiento de malestar si no comemos al sentirnos de una forma determinada, a pesar de que nuestro organismo no necesite comer.

Los problemas por hambre emocional pueden consistir en comer más de lo que necesitamos y dar lugar a un estado de malnutrición (por ejemplo, por ingesta excesiva de hidratos de carbono o de grasas) o incluso de sobrepeso. En determinados casos, se habla incluso de adicción a la comida, cuando el malestar que sentimos al no comer ante ciertas emociones es tal que sentimos que perdemos el control de nosotros mismos y caemos en los atracones innecesarios.

Sin embargo, como hemos visto, estos problemas muchas veces van más allá del mundo de la nutrición. Por ejemplo, el comer sin hambre puede ser una manera de canalizar emociones negativas ante un problema sobre el cual debemos actuar desde un rol activo, no desde la pasividad de quien se limita a hacer visitas a la nevera al pensar en ello. Así, el hambre emocional puede llevarnos a un estado de indefensión o de “parálisis” ante los problemas de la vida, al aportarnos una manera de desconectar de nuestras preocupaciones.

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Referencias bibliográficas:

Adam, T.C.; Epel, E.S. (2007). Stress, eating and the reward system. Physiology & Behavior. 91 (4): 449–458.
Bennett, J.; Greene, G.; Schwartz-Barcott, D. (2013). Perceptions of emotional eating behavior. A qualitative study of college students. Appetite, 60(1): pp. 187 – 192.
Liu, Y.; von Deneen, K.M., Kobeissy, F.H., Gold, M.S. (2010). Food addiction and obesity: evidence from bench to bedside. Journal of Psychoactive Drugs, 42(2): pp. 133 – 145.
Macht, M. (2008). How emotions affect eating: A five-way model. Appetite, 50(1): pp. 1 – 11.
Yau, Y.H.C.; Potenza, M.N. (2013). Stress and Eating Behaviors. Minerva Endocrinologica. 38(3): pp. 255 – 267.

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