"Lo quiero para ayer": Sobre la impaciencia

    Vivimos en la era de la inmediatez. Todo lo que nos rodea es rápido, volátil e inmediato y parece que queremos estar en todo, algo que es prácticamente imposible. Nos hemos vuelto impacientes, lo queremos todo ya y ahora, olvidando lo importante de cocinar a fuego lento las experiencias. Y es que en un mundo tan mecanizado y tecnológico, si no te subes al tren, parece que te quedas fuera. Aunque esto puede tener una parte de verdad, tampoco pasa nada por posponer las cosas o dejarlas estar para otro momento.
    Los avances tecnológicos distorsionan la visión de la realidad, inconscientemente parece que queremos conseguirlo todo en cuestión de pocos minutos y en caso contrario, surge la frustración. Hay una necesidad de recuperar la calma y eso podemos lograrlo desde nosotros mismos. Hay un momento para parar y prestar atención a los detalles que pasan inadvertidos.
    Vivir diariamente con impaciencia hace que aumente la frustración; los niveles de estrés se disparan, aumenta la angustia… Y el problema es que esta sensación continua por querer hacer constantemente algo es contagiosa: influye en el resto de personas con las que convivimos en el trabajo, en casa, en cualquier ambiente social y no todas las personas están dispuestas a vivir en esa velocidad, en resumen: se relaciona directamente con un deterioro de las relaciones personales y laborales.
    Y no solo hay una correspondencia con los problemas emocionales y de relación con los otros, se ha demostrado que este estado de ansiedad continua produce problemas fisiológicos, tales como la hipertensión y trastornos psicosomáticos.

Recuperar la calma

Ciertas cosas se pueden solucionar en cuestión de minutos, otras requieren más tiempo. Precipitarse conduce a la insatisfacción, a la frustración y al final lo que conseguimos por adelantar los acontecimientos por procurar tener todo bajo control, es acabar agotados, sin energía y desbordados. Cuando se actúa con impaciencia, se está trabajando desde el lado más emocional e impulsivo y esto puede llevar a tomar una mala decisión.
    Si sentimos malestar causado por una actitud de impaciencia, es el momento de parar y recuperar la calma, porque el cuerpo nos está avisando de que ese no es el camino. Pongamos un ejemplo:
      está con su coche en medio de un atasco y comienza a ponerse nervioso, quiere salir de allí de una vez por todas y su cabeza solo revive una y otra vez la situación y cada vez se impacienta más. Al final entra en un bucle del que solo cree que estará a gusto cuando haya salido.
    Sin embargo, podríamos buscar un pensamiento que nos calmara, el atasco va a continuar por mucho que queramos que desaparezca. La realidad es que recuperando la calma podremos estar a gusto en cualquier situación incómoda. Podríamos distraernos poniendo la radio, pensando en positivo (esta situación no va a durar eternamente), cantando o aprovechando para atender a las emociones que estamos sintiendo.
    Para bajar nuestro nivel de impaciencia es importante disminuir el ritmo al que estamos sometidos, tratando de comprender que las cosas suceden cuando tienen que suceder. Cuando lo conseguimos nos sentimos mejor con nosotros mismos porque eso quiere decir que nos empezamos a conocer mejor.
    Anticipar las situaciones no es prever ciertos aspectos. Imaginemos la situación del atasco anterior:
      estamos dentro del coche, cada vez estamos más nerviosos y entonces anticipamos las consecuencias de llegar tarde a una reunión, a recoger a los niños del colegio… etc
    sin que esa situación de haya dado. Esto se conoce en psicología como profecía autocumplida, tener una creencia firme en que algo nos va a ocurrir y al final nos ocurre, y esto sucede porque nuestra conducta intenta ser coherente con nuestros pensamientos. En vez de anticipar, lo que podemos hacer en situaciones incómodas es prever ciertos aspectos: voy a avisar de que quizá llegue tarde a la reunión o voy a avisar al colegio, si así lo necesitamos.

Comprender el valor de la espera

    El teléfono móvil vibra, alguien nos manda un mensaje; entre tanto recibo una llamada mientras descargo los correos electrónicos y termino de leer un documento que me han enviado para ayer.
    Vivimos rodeados de millones de estímulos que reclaman constantemente nuestra atención pero no por ello tenemos que dar respuesta a todo justo en el momento en que se nos reclama. Hay reclamos que pueden esperar, y eso tenemos que comprenderlo, tanto si actuamos de un lado como del otro.
    La impaciencia está ligada a una baja tolerancia a la frustración, no obtener lo que se desea en un momento dado no debería inquietarnos, y sin embargo sentir impaciencia puede servir de estímulo para dar un paso adelante o para mejorar algún aspecto personal, porque el deseo y las ganas de conseguir cosas son positivas, aunque requieran más tiempo del que nos gustaría y esto no debería desanimarnos.
    Es sencillo comprender que todas las cosas tienen su tiempo y que en gran medida no dependen de nosotros, lo que sí depende de nosotros es nuestra actitud a la hora de afrontarlas.

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