¿Somos todos bisexuales?

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La idea de que todos los seres humanos somos bisexuales “en potencia” es una de las más difundidas cuando se habla acerca de las orientaciones sexuales. Pero… ¿es realmente cierta? Veamos lo que sabemos gracias a décadas de investigaciones al respecto.

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¿Todos somos potencialmente bisexuales?

La investigación de la sexualidad humana ha sido desde siempre un ámbito de trabajo no ajeno a las controversias, como no podía ser de otra manera. El concepto del sexo y todo lo que lo rodea tiene una fuerte carga emocional en las culturas occidentales desde las que partió el uso del método científico, y esto significa que históricamente ha costado mucho (y hasta cierto punto sigue costando hoy en día) mantener una línea de estudio centrada y objetiva, lo más ajena posible al cúmulo de tabús y de dinámicas discriminatorias y moralizantes a través de las que durante siglos hemos interpretado la sexualidad.

Por ejemplo, hasta el siglo XIX, la heterosexualidad era considerada una especie de desviación psicológica, dado que estaba desligada del sexo con fines reproductivos y en el marco de lo éticamente aceptable por la religión. Y hasta hace unas décadas, las orientaciones sexuales que no podían ser encajadas en el estereotipo de relaciones íntimas entre el hombre y la mujer también eran estigmatizadas, incluso desde instancias científicas; la homosexualidad, por ejemplo, era considerada un trastorno.

Nos ha costado llegar a un punto en el que estamos ahora, en el que se empieza a ver que la heterosexualidad, la homosexualidad y la asexualidad tienen estatus equivalentes y no están de por sí asociadas a patrones de comportamiento psicopatológicos. Sin embargo, una vez se acepta que las diferentes maneras de sentir atracción sexual (o la ausencia de ella) son igual de válidas, falta determinar cuál es la relación que hay entre estas distintas categorías. ¿Existen tipos de orientaciones sexuales “cerrados”, con límites claros, o lo que hay más bien es un contínuum en el que las únicas categorizaciones entre un extremo y el otro son aquellas que decidamos inventarnos, tal y como ocurre con la temperatura?

 

La clasificación de las orientaciones sexuales

A finales de los años 40, el biólogo Alfred Kinsey desarrolló lo que pasó a ser conocido como “escala Kinsey de sexualidad”. Esta era una escala del 0 al 6 en la que cada extremo designaba un comportamiento puramente homosexual o puramente heterosexual. A través de más de 8000 entrevistas a hombres y mujeres, y centrándose en los actos sexuales externalizados mediante conductas observables, este investigador concluyó que la orientación sexual no puede ser entendida como una dicotomía en la que solo existen la homosexualidad y la heterosexualidad, dado que un alto porcentaje de personas obtenía puntuaciones intermedias.

Aunque las investigaciones de Kinsey han sido muy criticadas y su metodología está desfasada, su trabajo supuso un primer cuestionamiento de la idea de heterosexualidad y homosexualidad como esencias, mostrando que la sexualidad es mucho más fluida y orgánica que los conceptos que los seres humanos desarrollamos para entender la realidad.

Actualmente, se asume que el modo en el que se comporta la orientación sexual es como cualquier otro rasgo psicológico: no encaja en categorías herméticas, sino que hay mucha variedad y diferentes formas de intensidad en distintos patrones de comportamiento. Así que Kinsey estaba más cerca de la verdad que quienes creían que solo existen dos orientaciones sexuales fáciles de identificar. Pero… ¿significa esto que todos somos bisexuales? Como veremos, la respuesta es no.

La orientación sexual como rasgo de desarrollo

Tal y como hemos visto, de la heterosexualidad a la homosexualidad hay toda una escala de grises con una cantidad indeterminada de peldaños intermedios. Sin embargo, eso no implica que en la práctica todos los seres humanos seamos potencialmente bisexuales.

Y es que la orientación sexual es uno de los rasgos psicológicos más estables. Esto queda demostrado por décadas de intentos infructuosos de desarrollar formas de intervención para hacer que las personas homosexuales dejasen de serlo (debido a las evidentes presiones discriminatorias que han existido contra este colectivo). Si bien la orientación sexual no es algo con lo que nazcamos, porque gemelos con un genoma prácticamente idéntico pueden desarrollar orientaciones sexuales distintas, eso no significa que una vez la hemos expresado, esta cambie en un sentido u otro en la escala homosexualidad-heterosexualidad. Es un producto del desarrollo psicológico de las personas, y sin embargo para la gran mayoría de las personas no cambia a lo largo de la vida una vez se ha consolidado. E incluso en los casos excepcionales en los que vira completamente, estas situaciones no ocurren de manera intencional.

De modo que no, los seres humanos no somos bisexuales en potencia, del mismo modo en el que no tiene sentido decir que las personas homosexuales son heterosexuales en potencia. El hecho de sentir atracción sexual hacia personas de ambos sexos no significa que esta orientación sea menos fija que la homosexualidad o la heterosexualidad “puras”.

 

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Referencias bibliográficas:

Carey, B. (2005). Straight, Gay or Lying? Bisexuality Revisited. The New York Times.
Kinsey, A.C.; Pomeroy, W.R.; Martin, C.E. (2003). Sexual Behavior in the Human Male. American Journal of Public Health, 93(6): pp. 894 – 898.
Lehmiller, J.J. (2017). The Psychology of Human Sexuality. Hoboken: John Wiley & Sons.
Rosario, M.; Schrimshaw, E.; Hunter, J.; Braun, L. (2006). Sexual identity development among lesbian, gay, and bisexual youths: Consistency and change over time. Journal of Sex Research. 43(1): pp. 46 – 58.
Ruse, M. (1988). Homosexuality: A Philosophical Inquiry. Oxford: Basil Blackwell.

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