Como todos los mitos, los que atañen a la crianza infantil se basan en el miedo; en este caso, el miedo a criar “niños defectuosos” que no puedan desarrollarse correctamente en un entorno adulto. Estos mitos y las diferentes creencias limitantes que se producen alrededor de la crianza hacen que no exista una conexión sana y adecuada entre los padres y los hijos.
En el artículo de hoy, repasamos cuáles son 4 de estos mitos y cómo identificarlos.
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4 Mitos sobre la crianza infantil
La reproducción es algo meramente biológico, pero la crianza depende de una serie de factores que nada tienen que ver con esto; entre ellos, la psicología, la cultura, la sociedad, etc. En relación a esto, los niños no vienen con unas instrucciones que permitan a los progenitores entender de pleno sus necesidades y criarlos en consecuencia. Por tanto, a menudo se cometen errores de crianza, basados en una serie de mitos acerca de la crianza infantil.
Cuando criamos a nuestros hijos, en realidad lo que estamos haciendo es trasmitirles nuestro propio sistema de creencias que, a su vez, están condicionadas por la sociedad y por nuestro propio contexto. Es por ello por lo que la crianza infantil, aunque no lo parezca, se vuelve sumamente complicada. A continuación, analizamos algunos de estos mitos y explicamos por qué lo son.
1. Es necesario criar a niños siempre felices
Si partimos de que la felicidad es lo mismo que estar alegre, ya tenemos el primer error. Por un lado, la felicidad se relaciona con la abundancia (en cuanto a tener, pero también a ser, es decir, a la autoestima). Está relacionada con el hecho de sentirse plenos con cada situación, viviendo siempre en presente.
Por ello, la experimentación de diversas emociones es crucial para que los niños se desarrollen adecuadamente. Los momentos de tristeza, de sorpresa, de ira, etc. son tan necesarios como los momentos de alegría. Por ello, si relacionamos la felicidad sólo con esta última, vamos a sentirnos consecuentemente frustrados.
Mantener a los niños en una especie de burbuja en la que nada malo les afecte es, pues, un error, porque cuando se conviertan en adultos serán incapaces de hacer frente a las emociones negativas, especialmente cuando los padres ya no estén allí para ayudarles.
2. Ser unos buenos padres implica simplemente querer a los hijos
Por supuesto que el amor es algo esencial en una buena crianza. Un niño que se siente amado es un niño sano y estable. Sin embargo, las actitudes diarias también cuentan. Tenemos que pensar que los niños captan el amor a través de las conductas, por lo que les servirá de poco que les queramos pero no lo demostremos.
Por ejemplo, a menudo es necesario poner límites, a pesar de que nos dé la sensación de que, si lo hacemos, “queremos menos a nuestros hijos”. Nada más lejos de la verdad. Es necesario afrontar los comportamientos infantiles que no pueden tolerarse, y no camuflarlos bajo una capa de condescendencia por “amor”.
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3. El niño exitoso tiene que ser superior a la media
Es natural que queramos, como padres, que nuestros hijos sean exitosos. Pero ¿qué quiere decir esto? Si significa que nos sumerjamos, nosotros y nuestros chavales, en una competición eterna, mejor olvidemos esta idea.
La competitividad llevada a niveles crónicos puede afectar negativamente en la salud mental de nuestros pequeños reuiriendo en ocasiones la ayuda de psicólogos infantiles. Con esta actitud solo sembraremos en nuestros hijos la semilla del estrés y la incertidumbre, puesto que “si no soy mejor que otros no merezco ser querido”. Este pensamiento es de los más tóxicos que existen: los niños merecen ser amados y punto, no porque consigan cosas increíbles.
Es importante, pues, no confundir ser exitoso con ser feliz, porque no tiene nada que ver. La felicidad es una condición que no depende de expectativas ni presiones; es, como ya hemos apuntado, estar presente y conectado al momento vital.
4. Es necesario castigar a los niños
Está comprobado que el castigo, ya sea físico o verbal, no sólo no educa, sino que tiene profundas consecuencias a nivel emocional que pueden hacer empeorar la conducta que se pretende erradicar. ¿Por qué? Porque lo único que aprenden estos niños es que las personas que les quieren les hacen daño, además de normalizar los tipos de violencia como “respuesta” a los tipos de conflictos.
Esta transgresión de las normas (que aumenta con el castigo) se debe a que, si el niño ve a la figura de autoridad con miedo, lo primero que hará cuando esta no esté es, naturalmente, transgredir lo que aquella le ha enseñado. Por otro lado, a través del castigo, el niño no interioriza lo que está bien y lo que no; simplemente aprende a que es “lo que mi padre o mi madre no quiere que haga y se enfada por ello”.
El castigo corporal en concreto es de lo más perjudicial, puesto que el dolor no debe ser herramienta para educar. Ya lo hemos comentado: si a un niño lo educas con violencia física, aprenderá que sólo existe este método para solventar diferencias. Entonces, ¿cómo educar a los niños? A través del establecimiento de límites sanos, el acompañamiento emocional y el compromiso de aprender a validar las emociones de tu hijo, para que logre regular sus impulsos sin recurrir al miedo hacia sus cuidadores.
Referencias bibliográficas:
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